Si estás leyendo este artículo, probablemente eres una persona interesada en la música, en escuchar canciones, tal vez en cantarlas o quizás tocas algún instrumento.
Incluso es posible que hayas aprendido alguna canción y la interpretes con fluidez y confianza..

Como yo lo hice en su día. Como tantas y tantos humanos antes que nosotros, al mismo tiempo que nosotros y, seguramente, también después de nosotros.
Pero, ¿qué sabíamos exactamente de esas canciones?
Aprender canciones
Para los que tenemos hijos y para aquellos que recuerdan bien su infancia, las canciones, aprenderlas y cantarlas, era un fin y un medio al mismo tiempo.
Era un fin porque las querías saber perfectamente, para cantarlas tú solo o tú sola y también para cantarlas con cualquiera que quisiera entonarlas contigo. Eso sí, siempre que lo hiciésemos de la misma manera. Ya lo sabéis: «no es de esa manera, es así».
Pero, por otro lado, cantar canciones era un medio, una forma de aprender, no sólo música, sino la vida misma. Todo tipo de temáticas desde lo más absurdo a lo más elevado, de lo más cotidiano a lo más extraordinario, todo tenía cabida en estos artefactos mágicos.
Para aprender los números, los días de la semana, los ingredientes de una tortilla, los hábitos de las ardillas, etc etc etc… para aprender, en definitiva.
En algún momento, en algunos casos, alguno de nosotros jugó con esos elementos musicales, hizo el tonto, cambió algunas palabras, retorció una melodía, se volvió loco improvisando ritmos imposibles.
¿Quién no lo hizo?
Me atrevo a decir que nadie se escapó de esos momentos mágicos, de esa lógica aplastante, de tener algo y experimentar con ello, de combinar cosas, de crear.
En algún momento también, en algunos casos, alguna y alguno de nosotros se dio cuenta de que esas canciones eran algo en sí mismas y tenían una especie de mecanismo, unas partes, un orden, un sentido interno y tal vez algo más: una dimensión profunda, misteriosa, una resonancia emocional.
La mayoría de las personas siente esa dimensión en muchos momentos de sus vidas pero, tan sólo unos cuantos, meten la nariz en el abismo y mojan sus labios en ese néctar poderoso y, quizás, también peligroso.
Decidir que quieres entender las canciones y sus aparentes secretos y crear tus propias composiciones supone dar un paso en ese misterio que es lo que llamamos arte con algo de pompa, meterse en un territorio muy peculiar.

Entender las canciones
Entonces, ya no sólo quieres aprender canciones para cantarlas, para vaciar tu angustia o celebrar las alegrías sino que quieres saber cómo lo hacen o qué es lo que hacen, cómo consiguen de ti y del resto esa reacción, esas sensaciones salvajes, esa ternura, esa rendición sin condiciones.
No sólo queremos copiar o plagiar o hacer algo muy parecido sinó que aspiramos a otra cosa, a algo bastante distinto, a tomar la responsabilidad y el desafío de urdir objetos artísticos, como se suele decir.
En parte, un eco de lo aprendido, un eslabón de esta o aquella tradición cultural. Por otro lado, la huella individual de cada cual, el sello único de cada artesano o artesana, aquello que nos haga reconocibles pero que, al mismo tiempo, pueda ser un punto de encuentro para otras personas, algo que les afecte a ellas también personalmente.
Ya sea para saciar el ego o para calmar a nuestros demonios o para proclamar musicalmente una causa colectiva, nos dedicamos a buscar esa efectividad, esa verdad más allá de la verdad, a tocar la fibra, a manipular con un sentido de justicia y a intentar obtener esos poderes legendarios.
Con la ayuda, a veces, de un instrumento musical, aprendemos las canciones y las estudiamos, las interiorizamos, como iniciados en un arte oscuro intentamos obtener algo extraordinario y ponerlo al servicio de nuestros propósitos.
Identificamos elementos y estructuras, la relación entre la letra y la música, la densidad sonora, la sensación rítmica, … Nuestras canciones preferidas son minuciosamente diseccionadas, interpretadas y recreadas como modelos para nuestras propias propuestas.
Volveremos a usar una combinación determinada de elementos o aquel detalle que nos fascina en nuestras propias composiciones, una y otra vez. Entonces, probablemente, ya alteraremos o variaremos algo de aquello que hemos reconocido y entendido, tal vez su función, su efecto, y también, probaremos a evitarlo o transfigurarlo completamente.
Para hacer esto, es habitual recurrir a la teoría musical, de un modo académico, autodidacta o intuitivo. La razón para ello no es la teoría en sí misma, sino el hecho de que la mayoría de obras de la música occidental, al menos, han sido compuestas siguiendo esos preceptos en alguna medida y, por lo tanto, el resultado, las composiciones musicales y las canciones han sonado a esa teorización, a esas «reglas» preestablecidas.
Nuestra educación sonora, entonces, nuestros referentes rítmicos y armónicos son esos, y nuestra emotividad, gusto y comprensión han bebido de esa fuente, llenándonos de esa forma de hacer música y no de otras.
Esto es inevitable supongo.
Unas ideas triunfan sobre otras y unas prácticas se establecen en lugar de otras posibles. Los humanos funcionamos muy a menudo de esta manera: elegimos una cosa y rechazamos o ignoramos el resto.
Así que, más que lamentarnos o alegrarnos de que todo esto haya sucedido y nos hayamos visto afectados, hay que ser conscientes de ello. De esta forma, podremos tomar un poco de distancia con lo que es o ha sido y dar la oportunidad a otras posibilidades musicales o formales que no se han explotado tanto.
Podemos verlo tranquilamente como una oportunidad creativa, como territorios inexplorados, como una fuente de nuevos sonidos, combinaciones, estructuras, emociones, …
El sistema tonal todavía tiene margen para producir música atractiva y sorprendente, en parte gracias a las nuevas tecnologías para manipular el sonido.
Los modos armónicos siempre han estado ahí, disponibles, para armar sonoridades musicales distintas de las tonales.
El ritmo, en Occidente, tiene cien mil caminos por recorrer, una enorme riqueza apenas aprovechada.
El lenguaje verbal, las letras de las canciones, igualmente, siguiendo la evolución natural de los idiomas vivos, tiene regularmente ocasión de tejer nuevos discursos, tal vez sobre los mismos temas de siempre pero con enfoques e intenciones reinventadas, a menudo, siguiendo el signo de cada tiempo o periodo histórico, o de comunidades humanas particulares.
Como veis, queda mucha tela por cortar todavía, mucha música y canciones extraordinarias por hacer.

El factor subjetivo
Pero aún hay más.
Pensemos que una obra artística, una canción, por ejemplo, es tan sólo un fragmento de la comunicación. Le corresponde el papel del emisor, por así decirlo, pero está incompleta. Una canción cantada para nadie, escrita en un papel o pentagrama, pero no compartida, ¿qué es?
Si consideramos el arte una forma de comunicación, entonces, necesitamos al receptor, al oyente y, esta persona o personas son en realidad intérpretes, traductores, parte de la obra misma.
Por ejemplo, dos humanos escuchamos una misma canción, en un mismo lugar en el mismo instante. ¿Qué sucede? Para cada uno es una experiencia distinta, por muy parecida que sea. Para cada uno o cada una significará algo particular, personal, tal vez semejante pero inevitablemente distinto.
La canción se completa en el cerebro de quien la escucha. Incluso, una misma persona, en distintos momentos de su vida, percibirá una misma canción, una grabación musical idéntica, por ejemplo, de maneras distintas.
Lo que llamamos lecturas o percepciones o de otras formas, son esa repercusión que tiene una obra artística para cada individuo.
Conclusiones
En definitiva, la riqueza de la composición de canciones, de escribir música y letra, con un ritmo, con unos silencios, con todos esos elementos de los que hemos hablado tantas veces, es precisamente esa amalgama, esa combinación única de ingredientes que podemos reconocer en ellas.
Aprendemos canciones ajenas por muchas razones, para disfrutar, para emocionarnos, para compartirlas, para descubrir cómo están hechas, y también para inspirarnos en nuestro propio proceso creativo, por supuesto.
El objetivo educativo musical de aprender una canción suele explicarse como aprender a tocarla. Ser capaz de reproducir lo más fielmente posible la interpretación de un instrumentista en tal o cual grabación, emular su sonido, su actitud, su sello personal. Tal vez memorizar letra y melodía y acompañarla con unos acordes más o menos fieles al original que tengamos en mente como referencia.
Esto no está mal, de hecho está muy bien, pero a menudo, se descuida otra parte importantísima del hecho de aprender una canción: entenderla.
Por un lado, saber tocar nota por nota una canción no garantiza en absoluto que sepamos por qué esa precisa combinación de notas funciona y nos gusta tanto.
Igualmente, las letras de las canciones a veces tienen varias lecturas o interpretaciones posibles, matices, juegos verbales, etc …
Entender una canción es percibir algun sentido concreto en ella, sentir que nos esta hablando directamente a nosotros o que cuenta una experiencia que podría ser la nuestra.
Entender canciones, entonces, significa finamente percibir la lógica musical que haya detrás de una composición y poder explicar de alguna forma las claves que hacen que ese fino mecanismo de sonidos y significados funcione para nosotros, nos rapte y nos lleve a su mundo, conecte nuestra individualidad, nuestra experiencia personal concreta con algo más general, con otros y otras semejantes, tal vez con eso que a veces llamamos humanidad.
Haz ese ejercicio. ¿Qué significa esa canción especial para ti?

hacercanciones.com es una creación del Sr. Imposible
Después de estudiar en varias escuelas de música de barrio y en el Aula del Conservatorio del Liceu de Barcelona, con contenidos compatibles con el Berklee College of Music de Boston, doy clases de guitarra, música moderna y escribo canciones.