Las canciones son obras de una persona determinada, o dos, o un pequeño grupo y, a menudo, tratan sobre sus vidas, sus esperanzas, sus dolores. Pero muchas veces, esos sentimientos y hechos particulares remiten a algo que no es estrictamente asunto de él, ella o ellos solos.

Me explico. Ese elemento personal funciona y tiene un peso, la mayoría de las veces, gracias a otro factor decisivo en la composición, lo colectivo, aquello en lo que estamos inmersos durante nuestra vida y que da sentido a nuestros palabras y buena parte de nuestros actos.
Hoy nos ocupamos un poco de todo esto, de lo que no es específicamente personal en las canciones.
La tradición
Como ya hemos dicho en otros artículos, tutoriales y podcasts de esta web, lo que hacemos hoy deriva o procede directamente de lo que se hizo antes, nos guste o no.
Podemos continuar con una actitud o unas formas ya inventadas, por decirlo así, o buscar nuevos enfoques. Podemos profundizar en lo que conocemos o rebelarnos contra ello, lo que nos dé la gana, pero para una y otra opción necesitamos esa referencia, ese pasado, eso que ya se ha escrito, cantado o grabado.
Somos parte de una o más tradiciones y el significado de lo que hacemos se sostiene en buena medida en ellas.
Si entendemos completamente esto vamos a tener mucha más clarividencia respecto a lo que queremos crear y a cómo puede ser percibido o interpretado por nuestros contemporáneos, al menos, los que se hayan formado en nuestro mismo ámbito o misma cultura.
Vamos a poner un par de ejemplos.
Bob Dylan, en su primera etapa, escribió canciones siguiendo una estela clara, la de los cantautores de la primera mitad del siglo XX, como Woody Guthrie, entre otros, y aportó su carácter y visión personal a aquella manera de componer, sin transgredir sus valores y características principales.
Muchos años después, Daft Punk, desde Francia, se basaron en décadas de funk y música disco para armar su propuesta musical, sin copiarla, claro, pero, digamos, respetándola, aportando sonidos y un enfoque más moderno, pero sin llegar a cuestionar sus bases fundacionales, por llamarlas de alguna manera.
Estos ejemplos pueden ilustrar una cierta continuidad de cada una de esas tradiciones, un desarrollo pero no una ruptura.
Aunque todo se puede discutir y tal vez tú tengas una opinión distinta.
No hay problema.
Cada cual pone los límites y las fronteras donde quiere.
El caso es que la tradición está ahí y como prueba de ello seguiremos con la historia de Bob Dylan que, en un momento dado, decidió agarrar una guitarra eléctrica y formar una especie de combo rock para dar forma a sus nuevas canciones.
El resultado inmediato fue que buena parte de sus admiradores folk de sus primeros años lo condenaron absolutamente por abandonar el sonido acústico. Le consideraron un auténtico traidor pero, ¿traidor a qué? Pues sí, había cuestionado y transgredido una tradición establecida, unos códigos, una forma de expresarse y reconocerse.
Como podemos comprobar, lo tradicional no es bueno ni malo, es lo que es y significa lo que significa.
Está ahí, es necesario que exista para que nos entendamos o lo intentemos al menos.
A partir de ahí, cada uno puede hacer lo que quiera.

La recreación
Si lo pensamos bien, tiene toda la lógica del mundo.
Durante nuestra infancia escuchamos y cantamos o interpretamos canciones, músicas más o menos determinadas, más o menos como nuestros familiares, amigos y conocidos.
Igual que lo hicieron nuestros antepasados, nos configuramos según ese ambiente y adquirimos unas herramientas determinadas, unas maneras de hacer y con eso empezamos a buscar nuestra propia voz, en ese ámbito conocido.
Lo subjetivo entonces, va a encajar mejor o peor en esa tradición, en ese conjunto de hábitos y costumbres musicales, y va a intentar desarrollarse en una dirección u otra, con unas consecuencias u otras, con más o menos aceptación de nuestro entorno.
Cuestionar algún elemento esencial de una tradición o costumbre determinada va a provocar seguramente rechazo, por una parte de esa audiencia, mientras, al mismo tiempo, otro grupo de personas de esa misma comunidad va a aprobar las novedades o incluso va a sentir admiración por la obra y su autor o autores.
A menudo, esta rebelión o transgresión es fruto de una diferencia generacional, donde los jóvenes tratan de diferenciarse de sus mayores y hacer algo distinto que, a demás, probablemente le parecerá mejor.
En cualquier caso, esa es una de las decisiones que tomamos cuando escribimos canciones o cuando afrontamos los arreglos musicales o incluso cuando las interpretamos, ya que cada uno de esos escenarios suele tener unos códigos más o menos establecidos.
Un instrumento distinto a los habituales, un tono o lenguaje poco o nada habitual en la letra de las canciones, una actitud claramente diferente a las que acostumbramos a percibir en una interpretación serán elementos extraños que, seguramente causarán sorpresa y un porcentaje incierto de condena y otro de aceptación.

La proyección
Porque, aunque nos pese, hagamos lo que hagamos, estaremos contribuyendo a la evolución o disrupción de nuestras tradiciones.
Sí, ahora mismo, con nuestras obras, estamos configurando la tradición que nuestros descendientes disfrutarán o padecerán, según cada caso.
Si no acabamos antes con nuestro planeta o nuestra llamada civilización, después de nosotros vendrán otras y otros a agradecernos haber continuado o alterado las viejas costumbres, y a intentar también mejorar o corregir nuestras canciones.
Los distintos géneros musicales son, en definitiva, una muestra clara tanto del origen de las formas como de los intentos de llevarlas a otro terreno, con otras actitudes o propósitos.
No es fácil darnos cuenta de esto, viviendo como vivimos en nuestro día a día arrollador, con nuestra atención puesta en lo que debemos o queremos hacer ahora o próximamente, en nuestro yo personal y musical que es finalmente desde donde nos conducimos por este mundo.
Hay que hacer un pequeño esfuerzo y alejarnos por unos instantes del presente, del aquí y ahora, para ampliar nuestra mirada y entender nuestro lugar en el transcurso de una historia, de una larga cadena de acontecimientos y costumbres, para visualizar claramente que tenemos un pasado y que, al mismo tiempo, nosotros mismos seremos el pasado de otros.
Y si, por casualidad, estas pensando en este tema estratégicamente, imaginándote que siendo fiel a una tradición o transformándola conseguirás un mayor éxito, tengo que decirte que no hay garantías en uno u otro camino.
Aunque, en ocasiones, se puede reconocer un periodo en el que la gente pueda estar más o menos abierta a considerar nuevas propuestas muy novedosas, realmente todo es mucho más complejo y no todos los oyentes de cualquier género musical o artista en concreto van a estar dispuestos a asumir cambios radicales en una tradición o intérprete reconocido.
Este artículo, finalmente, tan sólo quiere arrojar algo de luz a cómo se desarrolla la historia musical y cómo asume los cambios o su misma evolución.

Conclusión
Como hemos visto, cuando hacemos una canción bastante distinta a lo que se ha escuchado hasta el momento en su género, carrera o tradición, estaremos corriendo unos riesgos determinados y aspirando a unos hallazgos nuevos y estimulantes, pero inciertos.
Y si escribimos una canción respetando fielmente unos códigos clásicos cualquiera, realmente estaremos incurriendo en otros riesgos distintos.
En el primer caso, puede que no se entienda nuestra propuesta, o directamente ni siquiera se valore por que suena demasiado distinta.
En el segundo caso, puede suceder que tenga poco interés por ofrecer más de lo mismo conocido y sea percibida como demasiado igual a lo anterior.
Los géneros musicales, las músicas tradicionales, el histórico de un artista o grupo determinado funcionan de esa misma forma.
Sus sucesivas composiciones, las grabaciones y conciertos que vayan ofreciendo estarán relacionándose con lo anterior, con su pasado, y el contexto donde se valorarán sus nuevas obras será la suma de todo ello.
Podemos calcular lo que queramos, en este sentido, y de hecho, es lo que se intenta ajustar y maximizar en las grandes producciones discográficas.
Se pretende aumentar la audiencia, y el negocio musical que le sigue, sin perder al público que ya se ha conseguido. Un difícil equilibrio, finalmente.
En resumen, y regresando al tema central de estas líneas, realmente lo personal y lo colectivo en las canciones han funcionado siempre como un yin y un yang, como uña y carne, como partes o perspectivas de la misma sustancia.
Cuando escribimos una canción que habla de nosotros mismos, de alguna de las circunstancias que nos afectan personalmente y que percibimos incluso que solamente nos pasa a nosotros, realmente estaremos refiriéndonos a asuntos que seguramente afectan a miles de otras personas en situaciones semejantes.
No vivimos en el vacío, completamente aislados del mundo, por mucho que nos sintamos de esa forma. Nuestra soledad o nuestra angustia o nuestro sentimiento amoroso particular se parece muchísimo al de otras personas porque, aunque a veces parezca mentira, todos somos muy parecidos, semejantes en el afecto, en el miedo, en la esperanza, en cualquier asunto elemental en la vida.
Por eso, cuando escribimos una canción pensando exclusivamente en nosotros mismos, en una de nuestras circunstancias particulares y la mostramos a una audiencia, siempre encontramos a oyentes que se identifican con ella y la hacen suya, en buena medida. Porque estamos apelando realmente a esas cosas personales pero comunes entre cientos, miles o millones de personas.
Y desde la perspectiva colectiva sucede lo mismo.
Imagina que escribes una canción que trata del amor en general, o de las penalidades de la gente con menos recursos económicos, o incluso de la historia de un país, región o comunidad determinada.
Por mucho que generalices, finalmente, te estarás refiriendo al contexto personal de muchos individuos, a la vida misma de personas particulares y a cómo les afecta en su día a día esa situación general.
Una canción que relata los desastres de una guerra, de cualquier guerra incluso, despertará emociones y recuerdos en cualquier persona o familiar que sufrió las consecuencias de la guerra o conflicto bélico que sea, inevitablemente.
De esta forma, como veis, podemos entender una de las características más potentes y especiales de las canciones. Esa relación tan íntima entre lo particular y lo general, entre lo elevado y lo mundano, entre lo concreto y lo abstracto.
Es uno de los secretos a voces que suceden cuando escuchamos o cantamos una canción.
Por eso sucede, una y otra vez, que algo tan aparentemente sencillo o inofensivo como las canciones demuestran ser artefactos poderosísimos, capaces de alcanzar y meterse en el cerebro y el corazón de tantísimas personas distintas, en unos pocos minutos, con una melodía, armonía y ritmos simples, como si de magia se tratara.
Escribe tu canción. Conecta esos planos diversos, el sueño y la realidad, el deseo y la satisfacción, el nunca con el siempre.
Tienes todo lo que necesitas para hacer esa magia.
Adelante. Hazlo.

hacercanciones.com es una creación del Sr. Imposible
Después de estudiar en varias escuelas de música de barrio y en el Aula del Conservatorio del Liceu de Barcelona, con contenidos compatibles con el Berklee College of Music de Boston, doy clases de guitarra, música moderna y escribo canciones.