La creación artística es, en buena medida, un misterio.
Porqué tenemos una idea y no otra, porqué nos llama la atención un detalle en concreto o porqué aparece esto o aquello en nuestra cabeza que provoca el inicio de una nueva obra son, hasta cierto punto, situaciones sin una explicación clara.

El origen de una canción es parte de ese misterio. Crear algo nuevo y único, componer obras con música y letra, en nuestro caso, el principio de los principios, la chispa, si os gusta esa palabra, el momento en que, por alguna razón, nos ponemos a hacer una canción.
¿Cómo es ese instante? ¿Qué necesitamos para que el proceso creativo eche a andar?
Vamos a investigar un poco ese, aparentemente, misterio milenario.
El origen de las cosas
Pues sí, en muchos casos, es un tema recurrente.
Cómo empezar, qué es lo que impulsa la creación de una obra, digamos, artística, cómo se puede controlar algo así, …
Este tipo de cuestiones suelen acechar a las personas que quieren escribir o ya componen canciones.
Especialmente, los primeros meses o años, es habitual que pensemos en esa nueva actividad que estamos llevando a cabo como si fuera algo mágico, que no acabamos de saber muy bien de dónde sale, o cómo es que se impone en nuestros pensamientos y, a menudo, nos desborda o nos bloquea.
Entonces intentamos averiguar cuál es la chispa, el momento o el motivo que provoca que nuestra maquinaria creativa se ponga en marcha, o incluso soñamos con descubrir algún tipo de sistema o fórmula para identificarla, provocarla y, si fuera posible controlarla a voluntad.
Podemos encontrar toneladas de páginas, miles de horas de conferencias y cientos de investigaciones acerca de cómo empiezan las cosas, de los mecanismos precisos que provocan que hagamos esto o aquello, en este momento y no en aquel otro, de esta forma y no de aquella que también era posible, … en fin, podríamos pasarnos la vida en ese laberinto.
Por lo tanto, propongo simplificar un poco el asunto, lo suficiente como para hacernos una idea aproximada de lo que necesitamos para ponernos manos a la obra, para que nos sirva en nuestro día a día de escritoras y escritores de canciones.
Para ello, voy a reducir todos esos elementos, mecanismos, magias y casualidades a dos factores clave para que una canción empiece efectivamente a crearse.
Uno de ellos es más bien abstracto y el otro es más concreto, pero a los dos los podemos reconocer sin muchas dificultades sin observamos con algo de atención esas sensaciones que recorren nuestro cuerpo, lo que nos pasa entre la cabeza y el corazón.
El primero es el deseo, pero no un deseo cualquiera sino un deseo concreto. Uno de los requisitos que necesitamos para empezar a escribir una canción es querer escribir una canción.
Sí, ya lo sé, suena absurdo, obvio, lo que queráis. Esto es verdad pero también es cierto. Podemos tener muchos deseos, incluso muchos deseos creativos pero ponerse a escribir unos versos o tararear una melodía no es lo mismo que agarrar un cincel y empezar a esculpir una piedra, por ejemplo.

Entonces, tenemos que estar enfocados en esa tarea específica, en algun momento, en escribir una canción.
Pero, además, necesitamos, al menos, otra pata para echar a andar ese camino. Porque, muy bien, quiero escribir una canción, pero ¿qué canción?
Hay millones de posibilidades, las combinaciones que se pueden dar son abrumadoras y así es imposible dar ni un solo paso. Escribo una palabra cualquiera, vale, pero ¿por qué? Junto dos notas, pero ¿por qué esas y no otras?
Una vez más, puede parecer una tontería pero, cualquiera que se haya encontrado en esa situación, y ya no voy a mencionar la célebre página en blanco, se habrá hecho en muchas ocasiones esas preguntas.
¿Por qué esto y no aquello? O ¿cuánto? o ¿cuándo? es decir, ¿qué estoy haciendo? o mejor, ¿qué canción quiero hacer?
Para salvar buena parte de estas cuestiones y, por lo menos, poder empezar a componer algo, necesitamos un objetivo más o menos concreto, un propósito, del que ya he hablado en otras ocasiones, y si es posible, un plan para la canción que queremos escribir. Aunque sea un esbozo o una idea peregrina, un pretexto, algo, cualquier cosa lo suficientemente concreta para tener una referencia sonde apoyarnos para tomar las decisiones compositivas que irán llenando el proceso creativo.
En ocasiones, el deseo encuentra su camino sin muchos problemas, o al revés, una persona o asunto determinado despierta en nosotros las ganas de escribir una canción.
Otras veces, cuando arrancamos inspirados, ya tenemos esos dos factores alineados y avanzamos, probamos, añadimos y eliminamos detalles rápidamente y, en ocasiones, buena parte de la canción puede estar completada en minutos u horas.
Sí, puede pasar, a veces sucede. Pero no siempre, ni tampoco siempre que queremos que pase.
Resumiendo, y para aportar algo de luz en estos procesos mentales misteriosos que influyen a la hora de ponernos a escribir una canción, para reducir, en definitiva, las millones de horas que se podrían invertir en hablar de estas cuestiones, diremos que el origen de una canción consiste en un binomio muy concreto, en un dúo que es capaz de echar a andar una nueva composición.
Me refiero al motivo y la idea, al deseo y el plan, es decir, querer hacer algo y tener una cierta idea de cómo vamos a empezar a hacerlo.

El deseo y el primer paso
Entonces, vamos por partes.
El deseo de escribir una canción, o el motivo o el propósito o cómo queramos llamarlo, es esa predisposición especial que debemos tener para enfocarnos en crear un artilugio de este tipo y no otra cosa, como un poema puramente textual, o un dibujo o cualquier otro objeto que el ser humano es capaz de llevar a cabo.
Porque sí, puedo tener roto el corazón, o puedo querer enviar un mensaje directo a alguien concreto o a muchos, o puedo necesitar mostrar un lamento por alguna pérdida importante para mí pero esa expresión puede traducirse en una canción, o en un cuadro, o en una novela, o en una performance o en tantas otras formas expresivas posibles.
Entendiendo esto, queda claro que para escribir una canción tenemos que querer escribir una canción, concretamente una canción, y poner nuestras habilidades al servicio de este artilugio breve, híbrido y antiguo, utilizar sus herramientas, sus elementos y mecanismos e intentar que nuestras emociones queden fielmente reflejadas en el resultado final de nuestra composición.
Hasta aquí, el deseo, el motivo, el impulso ciego.
Pero claro, sólo con querer hacer algo no vamos a conseguir llevarlo a cabo. Aunque manejemos bien las herramientas y los elementos, tan sólo con pensar “voy a hacer una canción” no vamos a poder empezar el camino en alguna dirección definida.
Necesitamos otro componente, una diana, un objeto, un destino como mínimo, provisional.
Y ese destino, esa proyección de algo que queremos hacer sólo puede conseguirse siguiendo un proceso, un camino.
Al inicio de ese camino le podemos llamar idea o le podemos llamar plan, por ejemplo.
Consiste en establecer una hipótesis, por decirlo así, y plantear unos puntos de referencia para ir avanzando y probar esto o aquello, poniendo en marcha nuestras habilidades, nuestros gustos, aquello que preferimos o que creemos que encaja mejor en ese proyecto en concreto.
Retomando los casos anteriores, si tengo roto el corazón por una relación sentimental que ha terminado, la idea de la canción puede ser un puro lamento por lo que se ha perdido, por supuesto, pero también una reivindicación de la propia persona, o una revancha por afrentas recibidas, o un canto de liberación o, incluso, una celebración de lo bueno compartido durante aquel tiempo pasado.
Fíjate en cuántas soluciones para un mismo deseo, para una misma chispa, un corazón roto, y hay muchas más.
Este tipo de planteamiento ya nos provee de ingredientes suficientes para empezar a experimentar con las palabras, con la música y el sonido, con una precisión manejable para nuestra creatividad, con un foco más o menos determinado.
Porque, en realidad, todo es posible. Nada nos impide tocar una tecla del piano o una cuerda de la guitarra o disparar cualquier sonido pregrabado y añadirle otro después y otro y otro … pero, ¿qué estamos haciendo? ¿hacia dónde vamos? ¿cómo elegimos esto o aquello en lugar de otras opciones?
Es un camino que puede conducir a lo arbitrario o lo absurdo fácilmente.
¿Podemos proceder así? Claro, sin duda. Pero las posibilidades de que nos quedemos clavados en cualquier momento sin una guía que seguir o que demos una pieza por terminada sin tener idea de qué queríamos decir o el sentido que pueda tener, la posibilidad de que algo así suceda es enorme.
Ahora, que cada cual tome sus propias decisiones.

Las raíces de una canción
Si partimos de la noción de que, en este mundo y en nuestras vidas, nada tiene mucho sentido en sí mismo y admitimos que el significado que damos a lo que nos pasa es obra nuestra, entenderemos más fácilmente tanto los enormes problemas de comunicación que experimentamos cada día, en casi cualquier situación cotidiana, como la necesidad de aplicar algo de esa visión personal a los objetos creativos que hagamos.
Nacemos para morir, ganamos para perder, etc … no parece tener mucho sentido.
Y, tal vez por eso mismo, intentamos dar un sentido a nuestra existencia, un propósito, un significado y en ese juego se tambalea el mítico equilibrio.
Equilibrio entre lo que queremos y lo que tenemos, entre lo que decimos y lo que se llega a entender, entre lo que damos y los que recibimos, etc, etc …
Y también en las canciones, un deseo más o menos abstracto puede llegar a convertirse en una nueva canción si encuentra los recursos adecuados.
No hablo de equilibrios perfectos, eso no existe, sino de un balance entre elementos o incluso planos de percepción.
La raíz de una canción es algo histórico pero también actual, forma parte de una tradición pero puede ser alterada, en parte.
Una canción consiste en una pulsión interna difícil de definir y para nosotros, a veces, una solución práctica para realizarse o explicarnos en este mundo nuestro de sensaciones y significados.
Entre lo que soñamos y lo que vivimos, entre lo que escuchamos y lo que decimos, entre lo sagrado y lo mundano, … siempre entre dos o más ámbitos. Ese es el sustrato de cualquier canción y no un técnica concreta o un género o cualquier otra disciplina académica.
Conclusiones
En fin, entonces, ¿cuál es el por origen de una canción?
Bien ya lo hemos visto, a efectos prácticos, dejando a un lado por un momento las explicaciones esotéricas, las casualidades y otros procedimientos mágicos, propongo que lo veamos de esta manera.
Vamos a necesitar, en cada ocasión, querer algo concreto, es decir, escribir una canción, y tener algo concreto también, es decir, una idea, una pista, un plan más o menos concreto, llamadlo como queráis.
Y si nos encontramos en un bloqueo, en este punto inicial del acto de componer, es muy posible que uno de estos dos requisitos falte y la rueda creativa no pueda empezar a girar con algo parecido a un objetivo, con alguna dirección, con algo de sentido en potencia.
Seamos sinceros con nosotros mismos. Tal vez hoy no queremos escribir una canción, no lo necesitamos o no estamos en la frecuencia adecuada para ponernos a ello.
O quizás, nos falte un motivo, una idea, por sencilla que sea, para enfocar nuestro deseo en ella.
O tal vez no tengamos ni la idea ni el día para ponernos a hacer algo así.
No importa. Tranquilidad. Mañana está mucho más cerca de lo que crees.
Cada minuto es una nueva oportunidad, si nos tomamos el paso del tiempo como algo natural, como algo positivo o al menos neutral, si intentamos ver el vaso medio lleno y no medio vacío, si somos algo menos trágicos o dramáticos con nuestra propia existencia.
No niego la magia, ni lo que escapa a mi entendimiento o a mi control, no necesito negar nada que no conozca o tenga atado con un lazo.
Si quiero escribir una canción necesito un motivo y una pequeña idea, un indicio. Esto es suficiente para empezar a trabajar, a jugar, a explorar el vasto espacio de la creatividad, de la imaginación, de lo que podemos llegar a expresar con música y palabras.
Ese es el origen de nuestras canciones, nuestra vida misma, con sus ilusiones y sus realidades trenzadas de mil formas distintas, con nuestros propósitos y nuestros planes en acción.
No desperdiciemos mucho tiempo en asuntos estériles, no pongamos nuestra energía del lado de la desdicha o la infelicidad.
Hagamos cosas que, para nosotros, al menos, merezcan la pena, que nos aporten algo bueno o interesante y que aporten algo también a nuestro entorno.
Escribe una canción, si quieres. Como nuestras emociones, como nuestros descubrimientos, nunca tendremos demasiadas ni suficientes.

hacercanciones.com es una creación del Sr. Imposible
Después de estudiar en varias escuelas de música de barrio y en el Aula del Conservatorio del Liceu de Barcelona, con contenidos compatibles con el Berklee College of Music de Boston, doy clases de guitarra, música moderna y escribo canciones.